FE EN LO REMOTO

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No soy una persona religiosa, ni mucho menos.
Sin embargo, siento cierta envidia al comprobar que algunos de mis amigos encuentran consuelo en determinadas creencias, y me gustaría, al menos de vez en cuando, disfrutar de la misma paz que proporcionan esos credos, esas certezas.
Habiéndome criado en la tradición católica cristiana (herencia del nacionalcatolicismo que durante cuarenta años cercenó el más mínimo atisbo de pensamiento libre en mi país) todavía hoy, a mis treinta y cuatro, soy consciente de que algunos complejos sociales y educacionales han condicionado mi existencia en mayor o menor medida. Quiero decir que me he quedado con lo malo y no con lo bueno, sin yo buscarlo realmente.
Ante la perspectiva de encontrarme solo en un mundo sin referentes “divinos”, comencé desde bien pequeño a encontrar reconfortantes los libros, la música, las palabras que hablaban de sentimientos y de sentidos. Todo aquello que me hacía pensar y que provocaba preguntas y, sobre todo, que brotase en mi interior, desde algún lugar indeterminado del pecho, un abanico inabarcable de emociones: desde la desazón más angustiosa a la felicidad más sincera.
¿Podría yo provocar ese sentimiento en alguien? ¿En mí mismo? Si así fuese, quizá existir tuviera sentido, quizá sí que hubiera un plan más elevado para todos nosotros al fin y al cabo.
Empecé primero a escribir, después a tocar la guitarra y, por fin, un día que no recuerdo, decidí que sería una buena cosa juntar esas dos aficiones: con un poco de suerte acabaría haciendo algo interesante. Cuando conseguí ordenar aquel amasijo de frases dispersas y fui capaz de crear algo, las dudas, de nuevo, se revelaron como puentes hacia una idea final que todavía conservo: ¿De dónde vinieron las canciones? ¿De qué lugar lejano llegaron las melodías, los acordes, las letras que hablan de lo que solo intuimos?.
Creo que si existiera un dios, él sería el único en aventurar qué montañas y valles deberíamos cruzar, cuántos años harían falta para, por fin, llegar a entender los mecanismos que nos empujan y nos bloquean, que nos convierten en una suerte de peones dotados de cierto entendimiento (o de cierta conciencia, si es que ese concepto se puede aplicar a un ser que se desconoce, quizá no en su totalidad, pero sí en su parte más importante).
También creo que no hay un lugar más alejado de nosotros mismos que aquel que llevamos dentro y todavía no conocemos. Y quizá, la única prueba de fe realmente importante, sea la de creer que existe y que algún día podremos tocarlo y comprenderlo.
Tener fe en lo remoto es, en definitiva, tener fe en uno mismo.