Tarde de junio

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Hoy se libera en todas las plataformas Tarde de junio. Creo que es lo suyo. Aquí os dejo el hermoso lyric de Ruben D. Cuesta y lo que escribí poco después de terminarla:


En todo este mundo de la música popular, de las canciones y los referentes culturales, hay mucho de pose y de omisión a la hora de hablar de lo que realmente influye en nuestra manera de hacer y sentir el arte.


Veo que esto es algo que las nuevas generaciones van corrigiendo, y aunque a veces lleguen al paroxismo reivindicando referentes, me parece muy sano el hecho de no negar lo que hemos vivido, oído o sentido, y actuar en consecuencia. Vivir acomplejado y decirle a todo el mundo que solo escuchas grupos psicodélicos australianos que editaron discos entre 1967 y 1970 (por ejemplo), es ridículo. Y además, probablemente mentira.


El pop comercial siempre nos ha rodeado e inundado nuestras vidas, colándose tanto en celebraciones y fiestas como en los momentos más íntimos. De hecho, en mi adolescencia, el grunge, el punk californiano y el pop británico convivían en las radiofórmulas con la pachanga verbenera, las boyband, o las composiciones dulzonas del norte de Europa.


A mediados de los noventa, alguno de mis amigos se compró un cedé recopilatorio del dúo sueco Roxette, que se abría con una canción que, de aquella, me pareció maravillosa en su estructura. 

Además, me encantaba el sonido de las guitarras, y la letra me parecía naif y graciosa: 


“It’s a bright June afternoon, it never gets dark

Get your green green tambourine, let’s play in the park”


“Es una radiante tarde de junio, nunca anochece

Coge tu pandereta verde, vamos a tocar al parque”


Hace no mucho, terminé de escribir una canción que se titula igual. Y no es que se parezca demasiado en la manera de decir las cosas, ni en la instrumentación, ni en la estructura ni en la armonía. Es lógico, porque ya soy un señor de mediana edad que lleva media vida escribiendo canciones y probablemente a estas alturas solo pueda copiarme a mí mismo, pero el hecho cierto es que las dos tienen el mismo título y transmiten exactamente el mismo mensaje:


Vamos a seguir ardiendo como estrellas en el cielo; puede que mañana sea tarde para disfrutar.





Estar fuera (la canción)

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Cuando empecé a plantearme editar una nueva colección de canciones, pensé que sería una buena idea escribir un pequeño texto hablando de cada una de ellas. Con la mayoría la cosa no me ha costado demasiado, pero con esta se me ha complicado un poco.


Supongo que tiene que ver con el bloqueo que arrastro a la hora de hablar de ciertas cosas relacionadas con el negocio de la música y lo que lo rodea. Por resumir y tirando de eufemismo: prácticamente nada funciona como debería.


Afortunadamente puedo agarrar todas esas sensaciones y convertirlas en algo bonito. Una canción, por ejemplo. O incluso un disco entero. Y compartirlo a mi manera con vosotros, que quizá también os habéis sentido alguna vez así.


Estar fuera, la canción, es una de las más bonitas que he escrito nunca. Habla de un amor imposible. Ponle tú el nombre que quieras.


Desde hoy está en todas las plataformas y también en este videolyric hermoso que grabó mi hermano Rubén.



¿Por qué tantos pájaros, Fabián?

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En “El peligro de estar cuerda”, el libro en el que Rosa Montero nos habla de la salud mental y su relación con la creatividad, se alude varias veces a lo que ella llama “momentos oceánicos”: una suerte de estado mental en el que, de repente, te disuelves en el universo igual que un azucarillo en una taza de café, y de alguna forma adquieres una conciencia feliz de pertenencia a un todo.


La idea de una trascendencia dichosa a través de un fogonazo cerebral. Toma ya.


Para ilustrarlo, cita a varios autores, entre ellos a Rafael Guillén y su poema “Ser un instante”.

Aquí os dejo los cuatro primeros versos:


La certidumbre llega como un deslumbramiento.

Se existe por instantes de luz. O de tiniebla.

Lo demás son las horas, los telones de fondo,

el gris para el contraste. Lo demás es la nada.


El poema avanza y Guillén nos habla de uno de esos momentos, concretamente en un París lluvioso con el que se funde en un segundo de lucidez absoluta.


No debería sorprenderme, porque ya me había pasado antes con “Sálvalo” y la “Poesía Vertical” de Roberto Juarroz (que yo no conocía y me mostró mi amigo Óscar Llorente), pero cuando llegué a esa página del libro, me quedé perplejo por la coincidencia, casi literal en la elección de las palabras, con una de mis canciones: hacía años que yo había escrito un tema que en un primer momento se llamó “Instante de luz”, muy probablemente influida a su vez por la bellísima canción de Diego Vasallo “Esta luz, este instante”.


En ella, la repetición de imágenes o, mejor dicho, de sensaciones, conduce a un clímax narrativo y sonoro, que intenta transmitir la idea de que el tiempo no es nada más que algo que utilizamos para ordenar nuestra existencia, así que se me ocurre que quizá esos “momentos oceánicos” sean realmente nuestro estado natural, y que solo somos capaces de recordarlo cuando nos despistamos un poco y nos dejamos llevar, cuando nos damos cuenta de que todo, desde nuestros miedos hasta nuestros anhelos, la fe, la ciencia, incluso el mismo infinito, todo puede vivir en un instante.


En un instante de luz.